sábado, 24 de septiembre de 2016


Cuando una visa nos lleva más allá de un país.


La búsqueda del visado se ha convertido en uno de los fenómenos sociales más interesantes que registra esta sociedad. Al generar, a partir de relaciones poblacionales, una serie de pautas y conductas socio culturales, que hablan de acontecimientos históricos, que no siempre fueron gratos para los dominicanos, pero que definen y dan cuenta de la relación de dependencia, aun por estudiar, que tiene la sociedad dominicana con los Estados Unidos de América.

Podríamos creer que los antecedentes del significado y el significante que tiene el visado estadounidense se remiten a la percepción que han tenido los dominicanos de su país, desde la colonia y sus vínculos de sumisión y descalificación frente a la metrópolis. Lo que hemos llamado el “síndrome colonialista”, ya aplicado a otros análisis.

Cabe recordar que el habitante de la colonia sentía que todo lo importante sucedía en la Metrópolis, en la tierra colonizada no pasaba nada, todo lo bueno venía de fuera. Surgiendo una fascinación por el extranjero, que no solo se tiene en esta sociedad sino también en otras excoloniales, donde se cree que el bienestar está fuera del territorio, la felicidad está en otra parte, habría que buscarla allende los mares.

Creciendo la idealización del extranjero, mientras se construye la concepción disminuida de la sociedad de origen, que expulsa a los individuos de su geografía, en búsqueda del bienestar, ya que la realidad siempre negada, no ofrece oportunidades .Percepciones establecidas en usos y costumbres locales.

Salir del país es un acontecimiento impactante en la vida de casi todo nacional, estando el “exitoso” regreso impregnado de rituales de acogida, que involucran la familia y el vecindario. “Volvió Juanita”.

Decir “Tengo la visa” indica que se trata de la estadounidense, lo que supone un aval ético, aunque no siempre sea cierto.

Durante el siglo pasado, viajar a Estados Unidos fue privilegio de unos cuantos, aunque los vínculos con este país han estado muy presentes desde la ruptura con la Corona española.

La presencia formal de los EUA comienza con el control de las aduanas en 1907, seguida por ocupación estadounidense en 1916-1924, y la invasión en 1965, hechos que marcan el escenario histórico y la presencia en el país, creyendo algunos historiadores que la influencia, en plano de la política interna, ha sido determinante, hasta nuestros días.

La dictadura de Trujillo (1930-1961) propulsó el exilio desde sus inicios – siendo a la caída del régimen cuando los dominicanos empiezan a salir masivamente al extranjero- generándose un flujo migratorio hacia a los E.U.A, que abrió sus puertas a los nacionales, estando vetadas aquellas personas consideradas comunistas. Surgieron otros polos de captación en la década de los setenta de esta movilidad migratoria permanente, que registra aproximadamente 2 millones de dominicanos residenciados en el exterior.

Inspirados por el sueño americano, y causales estructurales de expulsión, los EUA se convierten en el polo de captación más importante del éxodo dominicano.

Ser elegible para visado forma parte de la construcción del prestigio y el exitoso para la gran mayoría de los dominicanos. Inclusive para la clase política y empresarial que se han visto aceptados y rechazados por las autoridades estadounidense, a la vez que la visa se transformaba en un instrumento de sanción.

Al punto de que tener la visa contribuye a la movilidad social, con mayor o menor incidencia de acuerdo al origen rural o urbano de los individuos, aumentando de categoría al que la posee.

Muchas son las personas que se sienten fracasadas, cuando no son elegibles. Lo que es considerado como un fracaso, más que social, existencial, llegando algunos a ponerle fin a sus días al negarles la visa. No tener el visado genera cierto estigma, situando en el mundo de los que no tienen visa “¿No estás visado?” Se suele preguntar, pasando a comentarios de lástima y solidaridad.

De igual manera que el hecho de estar visado crea una especie de aureola de “dignidad social”, que trasciende y diferencia del resto, más allá del origen de clase, es el mérito que viene de fuera, la acción que legitima y eleva de categoría. Lo que nos recuerda nuestra histórica relación asociada con el extranjero. “Solo lo que viene de fuera es válido”.

Tener una visa es un “honor y un privilegio” que da un frágil “prestigio” que puede perderse cuando las autoridades de ese país lo decidan, basado en su legislación. Pero sobre todo es y ha sido una solución para miles de dominicanos.

Para los EUA, suprimir el visado es un instrumento de castigo, no solo aplicado a RD, sino a cualquier otro país. Que rompa las reglas del juego establecidas a nivel de todo tipo delitos que atenten contra la seguridad de esa nación.

En RD, la cancelación del visado tiene además, otras implicaciones, dada la importancia que ha adquirido el otorgamiento en el imaginario colectivo, como hemos visto, así los efectos de la cancelación son socialmente demoledores, e inversamente proporcionales al beneficio de su aplicación.

En esa medida, la supresión a alguien que ha tenido un visado privilegiado también goza de una cancelación especial, lo que significa que se es disminuido y rechazado, es una afrenta social irreparable, sobre todo en un país que ha magnificado la adquisición del visado asociándola al prestigio del ser social. Y que asocia también la cancelación al fracaso y a un tipo de delitos odiosos, como el tráfico de droga y corrupción.

Hoy, la cancelación de la visa es considerada como una sanción extrema, tanto por los EUA que suele aplicarla como un instrumento de castigo ejemplar a aquellos funcionarios de países que violan Derechos Humanos o que cometen acciones que afectan las sociedades y /o los intereses de EUA.

Lo queramos o no, la visa se transformó además, “en el tribunal de ética”[1] como señalo Matías Bosch, de ciertas sociedades latinoamericanas. En especial para los dominicanos, donde la cancelación del visado se ha convertido en el castigo más significativo que puede caerles, sobre todo a ciertas figuras públicas (políticos y empresarios) que gozan de un escenario de prestigiosa impunidad, donde la justicia local no logra actuar.

Efectuándose un acontecimiento interesante del cual venimos hablando, la justicia viene de afuera y nos remite de nuevo al “síndrome colonialista”, donde todo lo importante llegaba del exterior, quedando así legitimados y castigados por el afuera, aceptación y rechazo vienen de otras latitudes.
Lo cual no deja de ser una paradoja, pues parece poner en cuestionamiento la soberanía. La justicia local no se expresa y es la justicia extranjera la que tiene que venir a expresarse, para “salvarnos”. Reforzándonos así la descalificación de los espacios éticos y morales de la nación. “No somos capaces de hacer justicia”, por ello tiene que venir de lejos la sanción, vía la afrenta irreparable de la cancelación de un visado.

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